ayer
Y me fui. Tomé mis recuerdos y comencé a caminar. Sin una ruta determinada, sin un objetivo concreto. Sólo salí a caminar para tomar aire. Refrescarme las ideas, enajenarlas.
Durante el viaje mi vista se posaba siempre en las alturas, con el solo fin de sentir el vértigo de mi huida. Me escapaba, creía, de tu imagen, pero tarde me di cuenta que ésta estaba entre mis pertenencias. O entre mis extravíos. Seguía mi camino y flotaba entre los espectros de quienes fueron seres queridos para mí. Volaba entre nubes de algodón, con olor a rosas y gusto a frutillas. Y eso que no me gustan las frutillas. Pero éstas eran tan frescas, que empalagaron tu recuerdo con un suave tono marmolado. Reía y Sonreía a quienes me observaban tratando de esta forma de trasmitir mi euforia, mi orgullosa serenidad. Hasta que llegó, desde lo más profundo que concibo en estos momentos, un etéreo sabor amargo, un sabor a incienso, a sahumerios incinerándose. Penetró en mis oídos. Se enterró en lo más profundo de mis huesos y me revolcó como una ola de mar. Miré al frente, a mis costados. Nadie me miraba. Nadie me sonreía. Nadie me cuestionaba. Nadie se percataba de ese olor desgarrador. Nadie más que yo. Me sentía como quien falta de su sitio, como quien no fuera percibido por quienes le rodean. Me sentía muerta en mi propio mundo inventado. En los sueños de mis largas noches de desvelo. Pensándote. Recordándote. Y extrañándote.
Es por eso que he decidido partir, alejarme de mí. Y de vos. Escaparme de estos fantasmas parásitos que pretenden vivir de mi angustia. Sin pensarlo más, tomo tus recuerdos y comienzo a caminar…
Durante el viaje mi vista se posaba siempre en las alturas, con el solo fin de sentir el vértigo de mi huida. Me escapaba, creía, de tu imagen, pero tarde me di cuenta que ésta estaba entre mis pertenencias. O entre mis extravíos. Seguía mi camino y flotaba entre los espectros de quienes fueron seres queridos para mí. Volaba entre nubes de algodón, con olor a rosas y gusto a frutillas. Y eso que no me gustan las frutillas. Pero éstas eran tan frescas, que empalagaron tu recuerdo con un suave tono marmolado. Reía y Sonreía a quienes me observaban tratando de esta forma de trasmitir mi euforia, mi orgullosa serenidad. Hasta que llegó, desde lo más profundo que concibo en estos momentos, un etéreo sabor amargo, un sabor a incienso, a sahumerios incinerándose. Penetró en mis oídos. Se enterró en lo más profundo de mis huesos y me revolcó como una ola de mar. Miré al frente, a mis costados. Nadie me miraba. Nadie me sonreía. Nadie me cuestionaba. Nadie se percataba de ese olor desgarrador. Nadie más que yo. Me sentía como quien falta de su sitio, como quien no fuera percibido por quienes le rodean. Me sentía muerta en mi propio mundo inventado. En los sueños de mis largas noches de desvelo. Pensándote. Recordándote. Y extrañándote.
Es por eso que he decidido partir, alejarme de mí. Y de vos. Escaparme de estos fantasmas parásitos que pretenden vivir de mi angustia. Sin pensarlo más, tomo tus recuerdos y comienzo a caminar…

